Cuando se es una persona de bien, se tiene una alta moral y conciencia social, se posee ética y se trabaja para el bien de los demás, y no solamente para el propio. El intelecto se utiliza para justificar el bien, en todas sus formas, y des-justificar el mal, en todas sus formas.

Tal y como lo ha hecho el Papa Francisco al justificar sus posiciones entorno a la apertura de la iglesia a la verdadera fe cristiana, cosa que dejaron de lado las anteriores jerarquías eclesiásticas. Y a lo que compete a este articulo y comentario, a des-calificar con justificada razón moral, social y ética, el mal que, en todas sus formas, representa al egoísmo humano, a la avaricia, al orgullo, la soberbia, la prepotencia, el abuso, el maltrato, la dominación; al saqueo, a la destrucción, de la naturaleza, del hombre, de la humanidad; a la gula, al consumismo, al desperdicio, a … usted nómbrelo, que de seguro, ahí está.

Me refiero al neoliberalismo económico y comercial, que tan duramente el Papa Francisco criticó en su 1° Encíclica Papal titulada Laudato Si.  Y que personas que representan la antítesis Papal en el neoliberalismo económico y comercial como Ricardo Montagner se han dedicado a des-justificar. Y por el contrario a tratar de justificar la soberbia, el orgullo, el consumismo, el abuso, la imposición, la destrucción de la naturaleza, el ser humano, la humanidad, … Simplemente porque ¡El fin justifica los medios!

Es por eso que me agradó tanto el articulo escrito por MARIO RUCAVADO, titulado “El mundo según Montaner”; en el cual nos da un claro ejemplo de como Montagner utiliza el intelecto para des-justificar el bien que procura el Papa Francisco y justificar el mal que procura el neoliberalismo económico y comercial en beneficio de unos pocos porque “El fin justifica los medios”.

También les dejo el articulo que escribió Montaner, “Los cinco errores del Papa”; en el cual se base el primero, para que ustedes comparen y saquen sus propias conclusiones. 

 

 

El mundo según Montaner

ALEXANDER ALVARADO

MARIO RUCAVADO ROJAS

Carlos Alberto Montaner es uno de los periodistas más leídos en el ámbito hispanoparlante, pero semejante popularidad no es garantía de argumentos racionales. Al explayarse sobre distintos temas, con frecuencia, Montaner deja de lado los hechos y procede como un predicador antes que como un analista. Practica con regularidad una deliberada ignorancia histórica, y suele explicar los acontecimientos políticos en base a un moralismo vacío.

En su columna publicada el 11 de octubre (“Los cinco errores del Papa”), ataca la idea de un “salario justo”, y señala que este depende de “las condiciones objetivas de la sociedad en que se trabaja y de la calidad del aparato productivo”. Acto seguido afirma: “Si uno trabaja como un holandés, puede y debe aspirar a vivir como un holandés. Si uno trabaja como un congolés, tendrá que vivir como un congolés”. Se deduce que las diferencias económicas entre el Congo y Holanda son justas y obedecen meramente a una cuestión de laboriosidad y eficiencia.

Semejante análisis solo es posible si uno deja de lado la historia. La cuenca del río Congo fue incorporada por los portugueses durante el siglo XVI al tráfico trasatlántico de esclavos que nutrió las plantaciones españolas y portuguesas en América.

En el siglo XIX gran parte de la región pasó a ser propiedad personal del rey Leopoldo II de Bélgica, quien estableció un régimen de esclavitud inhumano que llevó a la muerte de más de ocho millones de personas. Para los colonos, era habitual tomar mujeres y niños como rehenes, a fin de obligar a sus parientes a cumplir con las desmesuradas cuotas de caucho que exigía el régimen colonial.

Si esos métodos fallaban se recurría a asesinatos masivos, y como la Force Publique temía que sus hombres usaran las balas para matar animales en vez de congoleses, empezó a exigir que les amputaran una mano a los cadáveres como prueba.

Los soldados, a fin de tener algunas balas para cazar, amputaban las manos de personas vivas y las dejaban agonizando. Esta práctica se convirtió en un fin en sí mismo: como las cuotas de caucho eran imposibles, los soldados se dedicaron a recolectar manos, e incluso había aldeas locales que atacaban a sus vecinos para no tener que darles sus propias manos a los europeos. Las canastas llenas de manos se convirtieron en un símbolo siniestro del régimen de Leopoldo; las fotos están en Internet, para cualquiera que dude de estos hechos.

Holanda. Los holandeses sufrieron la Guerra de los Ochenta Años, librada contra el Imperio español, y más recientemente la ocupación nazi, pero nunca fueron considerados menos que humanos, ni sometidos a una destrucción semejante. Al contrario, han gozado de todas las ventajas de la civilización europea.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Holanda recibió por medio del Plan Marshall ayuda económica para su reconstrucción; la actual República Democrática del Congo no ha recibido reparaciones de Bélgica por las atrocidades cometidas, y nadie supone que vaya a recibirlas nunca. Los propios holandeses deben gran parte de la prosperidad que obtuvieron en el siglo XVII, cuando ocuparon un lugar central en el comercio mundial, al hecho de que superaron a Portugal a la cabeza del tráfico de esclavos. La riqueza de las naciones no viene solamente de negocios honorables: ¿Cuántos congoleños habrán cruzado el mar en embarcaciones holandesas?

Diferencia moral. Debo suponer que Montaner sabe todo esto; si lo deja de lado es porque lo considera irrelevante. La diferencia entre el Congo y Holanda, y entre África y Europa, es moral: unos trabajan más y otros menos. Niega así el peso de hechos históricos determinantes, y descarta una situación compleja (el desigual desarrollo de dos países) en base a un moralismo burdo.

Lo que dejan entrever sus argumentos es una versión secularizada de la creencia calvinista de que la riqueza es una señal del favor divino; si Dios (o el mundo o el sistema económico) es justo, la prosperidad le llega a quienes la merecen. Sobra decir que se trata de un principio religioso, no racional.

Una argumentación tan endeble no merecería mayor atención si Montaner no fuera tan leído, pero es típico del predicador congregar un público amplio, tan típico como apelar a las emociones, y no a la razón, de su audiencia.

El hecho de que un país de antiguos esclavistas sea más próspero que uno de antiguos esclavos es para el Sr. Montaner evidencia de la mayor laboriosidad de los primeros.

Cualquiera que, con un mínimo de sentido común, pueda deducir quién trabaja más entre aquel que dispone de su cuerpo, y aquel cuyo cuerpo es propiedad de otra persona, sabrá razonar con mayor sagacidad.

El autor es profesor de Literatura y traductor.

 

Los cinco errores del Papa

Obama no entiende por qué Raúl le muerde la mano

CARLOS ALBERTO MONTANER

El papa Francisco basa sus ideas económicas en la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), una mezcla de buenos propósitos y declaraciones vacías, algunas de ellas contradictorias, que el Vaticano ha ido acumulando desde 1891, cuando León XIII proclamó la encíclica Rerum Novarum para abordar la “cuestión social”.

La DSI, como se conoce en el argot político, fue concebida para enfrentarse a los comunistas, pero sin decantarse claramente por la economía de mercado. No obstante, contiene al menos cinco errores importantes que la invalidan como un instrumento serio para propiciar el desarrollo y combatir la pobreza.

Primero: La idea de que la propiedad privada solo se justifica “en función social”. Esa declaración de la DSI les abre la puerta a todas los abusos de los mandamases.

¿Quién decide si tener una confortable mansión en Miami, otra en un resort del Caribe y un buen yate para navegar entre ellas son propiedades moralmente aceptables en función social? ¿Cuál es la función social de poseer un Botero, un Picasso un Mercedes Benz o un Rolex Presidente? ¿Dónde comienza o termina la “función social”? ¿Qué quiere decir exactamente esa frase?

Segundo: La equivocada noción del “bien común”. Ese concepto esgrimido por la DSI –pero no solo por ella– sirve para justificar la intervención del Estado con el objeto, supuestamente, de corregir los errores del mercado. Es relativamente fácil entender que la noción del bien común es un camelo, dado que las necesidades de la sociedad tienden al infinito, mientras los recursos disponibles son limitados.

Los bienes y servicios que se les ofrecen a unos siempre se les niegan a otros. El aeropuerto que se construye es a costa del hospital o la escuela que no se edifican. Los recursos que se emplean en construir un magnífico templo para adorar a Dios no se utilizan para construir un orfanato. Y quienes toman las decisiones no lo hacen tras devanarse los sesos para establecer cuál es el bien común, sino para satisfacer a sus partidarios o, en el peor de los casos, para beneficiarse personalmente. Sería útil que el Santo Padre y sus asesores repasaran las fundamentadas propuestas de la teoría de la elección pública. Tal vez se ahorrarían unos cuantos disparates.

Tercero: La nefasta creencia en que existe un “precio justo” para las cosas, y que los funcionarios son capaces de determinarlo. Ese viejo debate, que comenzaron los griegos clásicos, la DSI lo ha trasladado a la certeza de que existe un “salario justo”, o unas “condiciones materiales justas”, en las que se verifica la dignidad del hombre. En rigor, esa posición es el fruto de la ignorancia, la demagogia o del buenismo.

El salario y las condiciones de vida de los trabajadores (y de los propietarios) no dependen de las necesidades subjetivas señaladas por la DSI, sino de las condiciones objetivas de la sociedad en que se trabaja y de la calidad del aparato productivo.

Una sociedad que obtiene sus recursos de vender café no puede alcanzar la calidad de vida de otra que fabrica chips, aviones y productos farmacéuticos.

Si uno trabaja como un holandés, puede y debe aspirar a vivir como un holandés. Si uno trabaja como un congolés, tendrá que vivir como un congolés, aunque la DSI insista inútilmente en su discurso bondadoso, a menos que el Gobierno fuerce una continua transferencia de recursos de las sociedades productivas a las improductivas, o de los sectores productivos a los improductivos, actitud que acaba por destrozar los fundamentos del sistema económico.

Cuarto: La desigualdad. La postura de la DSI frente a la desigualdad es peligrosa y puede agravar la situación.

Es absurda la suposición de que quienes administran el Estado deben y pueden determinar la cantidad y calidad de bienes que debe poseer una persona para combatir el flagelo de la “desigualdad”.

Ya sé que lo que le preocupa al Vaticano es que el CEO de una compañía gane 200 veces más que el señor que limpia los baños, pero de alguna manera es la sociedad la que decide o admite esas diferencias, de la misma manera que convierte en supermillonarios a sus artistas o deportistas favoritos sin importarle la desigualdad que se genera.

¿Quién establece esos límites? ¿Es inmoral que los cardenales posean aire acondicionado, secretarios y autos, mientras haya feligreses muertos de hambre, exponentes de la desigualdad, agolpados en las puertas de las iglesias pidiendo limosnas?

Quinto: La austeridad y el no-consumismo. Es disparatada la defensa que hace la DSI de la austeridad y del no consumismo, sin admitir el carácter subjetivo de esas actitudes y sin entender la contradicción inherente que existe entre combatir la pobreza y condenar el consumo.

Si el primer mundo le hiciera caso al Vaticano y súbitamente asumiera una vida austera, cientos de millones de personas en el planeta serían precipitadas a la miseria y al hambre (supongo que Francisco sabe que el 70% del PIB norteamericano se debe, precisamente, al consumo, y que cada punto que cae significa más desempleo y pobreza).

Afortunadamente para los católicos, no es necesario que suscriban la DSI para salvarse. En estos temas los papas no hablan ex cátedra. Saben que pueden equivocarse.

[©FIRMAS PRESS]

Carlos Alberto Montaner es periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.

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